El viaje a la Felicidad de Eduardo Punset

El otro día, leyendo unos comentarios que habían dejado en el artículo de una compañera me sorprendí que le reprocharan el haber escrito una reseña sobre un libro que no le había gustado.

En realidad, las reseñas no todas tienen que ser laudatorias, una reseña no es una alabanza. Y, como es cierto, que hay gustos como colores, es probable que lo que a una persona le parece digno de no haberse escrito, para otra, sea una obra de arte. Yo les aconsejaría que si leen una reseña negativa sobre una obra, o bien, sigan buscando otras reseñas que le beneficie más a la obra en cuestión o bien, vayan directamente a la fuente y la lean, que para eso sí son las reseñas, para dar a conocer o para refrescar la memoria sobre obras, ya sean buenas o malas, ya sean del gusto del autor de la reseña, ya no lo sean.

Y todo esto viene a cuento, porque, como habrán supuesto, la reseña que voy a hacer no va a ser precisamente un panegírico de la obra de Punset. Pero, como queda dicho, si no están de acuerdo, les invito a que busquen más comentarios sobre ella y, todavía mucho mejor, que la lean, para luego poder opinar ustedes mismos.

viaje-a-la-felicidad.jpgEmpecemos por el principio, como debe ser, el título El viaje a la Felicidad, supongo que se debe a que pertenece a alguna serie que sea El viaje a … (de hecho, aquí mismo, en leergratis ya se ha comentado algunos de estos ‘viajes’), porque de otra forma no tendría mucho sentido, ni porque se trate de un viaje, ni porque se consiga la felicidad una vez leído el libro, más bien, lo que se consigue es un aburrimiento atroz y unas ganas espantosas de dar con la contraportada.

Como subtítulo se nos aclara que la orientación va a ser científica (Nuevas claves científicas), quizás el objetivo es bastante complicado, porque lo es delimitar la causa de le Felicidad a un fenómeno puramente científico.

Más tarde, en la introducción, va a afirmar, así a bocajarro, como se suele decir, que hasta el siglo XX, no había posibilidades de ser feliz, pues la esperanza de vida era muy corta: “No había futuro ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices. Era una cuestión que se aparcaba para después de la muerte y dependía de los dioses.

Pero, entonces ¿toda la discusión que desde la antigüedad se ha mantenido sobre este tema de la Felicidad dónde ha quedado, para qué servía? ¿Qué pasó con Aristóteles, con Epicuro, con Platón, Kant, Nietzsche…?

Aristóteles le dedicó gran parte de su filosofía a la explicación de la Felicidad y ahora resulta que no se podía ser feliz porque la media de vida era bastante mediocre.

Aristóteles no niega que se pueda conseguir la felicidad terrenal, sino que dice que es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada ser vivo; es decir, cuando el hombre realiza bien aquello para lo que está destinado, para la actividad que le es propia.

Claro, que como, el alma es la esencia del hombre, la felicidad será más propia del alma que del cuerpo (lo lamento para Punset, pero nada de zonas cerebrales donde localizar la felicidad, claro que Aristóteles escribió hace ya tanto tiempo…), y, seguimos con Aristóteles, como la parte del alma más humana es la intelectiva, la que se ocupa del conocimiento, va a ser ella, precisamente, la que esté orientada a la felicidad, y será el filósofo, que se dedica exclusivamente al conocimiento, al estudio, el que sea más propenso a la felicidad.

Por supuesto que Aristóteles tampoco olvidaba que para ser feliz se necesitaba, además de la virtud y de un alma inclinada al conocimiento, ciertos bienes materiales.

¿Habrá leído Punset la Ética para Nicómaco? Seguro que sí, lo que sucede es que prefiere pensar que todo es palpable y analizable en un laboratorio y desechar todo aquello que sean elucubraciones filosóficas.

Es una pena, porque de esta manera, también ha desechado como probable o como digna de ser tenida en cuenta otra opinión bastante solida sobre la Felicidad, bastante terrenal, por cierto, se trata del concepto de Felicidad que tiene Epicuro.

Epicuro no está dentro de ese grupo que espera una felicidad más allá de la muerte, a espensas de los dioses, por la sencilla razón de que Epicuro no está muy seguro de que podamos esperar algo de los dioses más allá de la muerte.

Para él, la felicidad depende del mismo hombre, es una responsabilidad humana. La felicidad se encuentra en el placer, pero llevado con una actitud de calma y de equilibrio. Placeres del cuerpo y del alma, como la amistad, la búsqueda de la verdad, el conocimiento, pero también una charla con amigos en su Jardín.

¡Pobre Epicuro que no sabía nada de la felicidad en las amebas o en los reptiles!

Decía también Epicuro que no hay que huir de todos los dolores, porque algunos de ellos valen más que el placer, siempre y cuando el placer posterior sea superior al dolor soportado.

Y no creo que sea necesario seguir poniendo ejemplos de cómo la preocupación por la Felicidad sí que ha existido desde que el hombre piensa y que no todos han creído que la felicidad hay que dejarla para que la repartan los dioses como premio.

Volviendo a lo del dolor de Epicuro, para Punset, la felicidad es incompatible con cualquier dolor, pero, va más allá, y, para mi gusto, se le va la mano, al afirmar cosas como estas: “Algunos individuos sufren todos o casi todos los embates del temporal genético, llenando las páginas de los antiguos bestiarios y el catálogo de las mutaciones más dolorosas: un gen que deja de producir la hormona llamda leptina, a causa de una mutación, condena a una obesidad irremediable a su portador; un defecto en los cilios que propulsan a las células y conteda al feto a la esterilidad (…); el síndrome de la seudoacondroplasia deja intacta la vitalidad del organismo pero reduce el tamaño de los miembros a la condición de enano. Otros individuos, en cambio, parecen preservados por la suerte hasta poblar las aldeas y ciudades de seres inasequibles al desaliento, porque son portadores de un equilibrio básico y congénito que les predispone, en mayor medida que al resto, a la felicidad. A la felicidad y, tal ve, a la belleza por los mismos motivos.”

En fin, que según Punset una persona enana o fea no puede ser feliz, yo conozco personas enanas felices e infelices, personas feas, felices e infelices, personas altas felices e infelices y personas hermosas felices e infelices.

Quizás es que va a ser verdad eso de que la felicidad no es del todo hormonal y reducible a una simple fórmula matemática.

Por cierto, lo de la belleza y la felicidad lo repite en varias ocasiones, dejando bien claro que para ser feliz se ha de ser bello. Sin comentarios.

Habría que hacer, además, varias puntualizaciones que una descubre al leer este libro, en primer lugar, no hay científico digno de mencionarse, si no ha nacido hablando la lengua de Shakespeare. Por supuesto, y por no sé qué regla de tres (dicho sea de paso, Punset intenta explicarlo, pero no es muy convincente y para nada objetivo), la glándula (la amígdala) que está encargada de conseguir que seamos felices sólo funciona bien si se vive en un país económicamente liberal.

El estilo de Punset no creo que le consiga nunca un premio de literatura, cosa que tampoco creo que persiga, pero lo que sí pretende es ser claro y está bien lejos de ello, entre un vocabulario seudocientífico, con un léxico que pretende ser especializado, sin definiciones cuando son necesarias, y una redacción algo farragosa, llena de continuas referencias que no aportan nada al tema tratado, contradicciones y disertaciones sin mucho fundamento.

La obra, fuera ya de toda polémica, está dividida en ocho bloques, que se corresponden con un capítulo cada uno, así el capítulo uno, hablará sobre los gastos de mantenimiento que supone la felicidad; el cap. 2, la felicidad en las amebas, en los reptiles y en los mamíferos no humanos y cuánta relación tienen con nosotros, el cap. 3, sobre la transitoriedad de la emoción relacionada con la felicidad; cap. 4, se supone que analiza los factores internos de la felicidad y agrega el concepto de ‘la tristeza maligna’; el cap. 5, se ocupa de los factores externos de la felicidad; cap. 6, vuelve sobre el mismo tema, pero ahora tratando las causas externas de la infelicidad en las sociedades complejas (desde las hormiguitas hasta los hombres, todo cabe); en el cap. 7, de nuevo, las causas externas, pero ahora sobre la felicidad programada (comida, sexo, drogas, alcohol, música y arte); y, por último, llegamos a la cumbre en el cap. 8, con la ansiadísima fórmula de la felicidad.

Y, para los que están interesados en conocer la fórmula perfecta de la felicidad, reducida casi a una ecuación matemática, aquí se la dejo:

La Felicidad es igual a E (M+B+P) dividido por R+C, donde E es la emoción al comienzo y al final del proyecto; M, el Mantenimiento y atención al detalle; B, el Disfrute de la búsqueda y la expectativa; y, P, las relaciones personales; R son los factores reductores y C la carga heredada.

Pura y sencillamente matemática ¿será realmente así, será la Felicidad algo tan puramente científico, explicable sin necesidad de ningún argumento filosófico? ¿No sería más adecuado buscar una explicación que incluyera además otros factores menos científicos?