Existen varios prejuicios en relación a la literatura latinoamericana pero quizás el que más daño le hace es el concepto de nacionalismo literario. Se trata de una noción extranjerizante que funciona como una paradoja de lo nacional. Es decir, la idea de la existencia de una literatura puramente latinoamericana sería un invento importado de Europa. Esa es la paradoja: lo extranjero define lo nacional.
En los casi 200 años de independencia, los gobiernos sudamericanos han tenido y tomado muchas políticas basadas en la copia, o en la traducción, del quehacer europeo (la ensayista argentina Beatriz Sarlo llega a afirmar que Buenos Aires es una traducción -mala- de Europa en América Latina). La historia de la modernización del continente durante el siglo XX es un claro ejemplo de ello. Las corrientes filosóficas nacidas en Europa, como el positivismo o el librecambio, y probadas con éxito en la democracia norte-americana, fueron un factor primordial para el desarrollo político, social y económico de los países que acababan de independizarse. Como prueba de la importancia del positivismo de Compte, basta con echarle una mirada a la bandera de Brasil y leer la inscripción que hay en ella: “Orden y progreso”. Mientras que para algunos esta importación de saberes (del savoir-faire) extranjeros es una etapa necesaria para la modernización local, para otros, esta importación es la razón del atraso económico latinoamericano ya que ella termina generando dependecia.
Dejemos de lado la idea que ya es vox populi en los estudios culturales latinoamericanos -en el sub-continente hubo modernismo sin modernización- y volvamos a nuestro asunto. ¿Qué es la literatura latinoamercana? o ¿cómo escribir literatura latinoamericana?
Existe un breve texto de Borges aparecido en el primer cuarto del siglo XX llamado “El escritor argentino y la tradición”, publicado en Discusión en 1932. En ese tempranero ensayo Borges plantea el problema de la nacionalidad del escritor y de lo escrito resolviendo la duplicidad por medio, cuando no, de una paradoja. Borges, citando a Edward Gibbon, pone un claro ejemplo: en el Alcorán, libro árabe por excelencia, no aparece ningún camello. El hecho de que no haya ningún camello en todo el Alcorán sería precisamente su sello nacional. Dice Borges:
Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos: en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos.
A partir de esta cita podemos llegar a una primera conclusión: el color local no es necesario para tener una nacionalidad literaria. Todo lo contrario. Más tarde en el mismo artículo, el escritor argentino nos habla de su cuento “La muerte y la brújula” y nos dice que, pese a llevar nombres franceses como Rue de Toulon o Triste-le-Roy, los lugares mencionados en ese texto hacen todos referencia a Buenos Aires. Sin escribir el nombre de la ciudad, sin caer en el colorismo regional del lunfardo -el argot de Buenos Aires de la época- o de las grandes estancias de La Pampa y sus gauchos, los lectores de Borges pudieron encontrar en ese cuento el verdadero sabor del suburbio y del arrabal.
Otro punto importante en el momento de reflexionar sobre la nacionalidad en la literatura tiene que ver con las influencias extranjeras.
Como ejemplo de ésto último Borges nos habla de la construcción de la novela gauchesca Don Segundo Sombra. Nos dice que es imposible pensarla sin tener en cuenta las influencias de Mark Twain o del escritor británico Rudyard Kipling o incluso de las metáforas provenientes de los cenáculos de Montmartre. Sin embargo, con todo ese bagage extranjero a cuestas, el libro de Güiraldes no es menos argentino como Hamlet no es menos inglés por haber tratado temas escandinavos o Racine menos francés por haber elegido la tradición griega.
Llegamos así a la segunda conclusión: los contenidos y las influencias extranjeras pueden formar parte de una literatura nacional.
Estas dos paradojas deben ser tomadas en cuenta cuando hablamos de literatura latinoamericana. En mi experiencia en la enseñanza literaria en universidades extranjeras como en Francia veo anonadado como los alumnos (e incluso algunos profesores) tienden a reducir la literatura latinoamericana a un conjunto de procedimientos vinculados al realismo mágico y al color local. Como si toda la literatura latinoamericana tuviese que tratar sobre el culto de lo maravilloso y lo insólito. Como si la literatura latinoamericana se terminase en las descripciones de su asombrosa geografía o en las supersticiones sobrenaturales heredadas de las poblaciones indígenas.
Existe también otra peligrosa vertiente que consiste en asimilar las letras de América Latina a una suerte de voluntarismo social cuyo objetivo es la utilización de la literatura como elemento de resolución de los problemas sociales. La literatura serviría, según esta vertiente, a resolver los numeros conflictos políticos latinoamericanos. El escritor latinoamericano Juan José Saer en un texto llamado “La selva espesa de lo real” habla precisamente de estos dos prejuicios (el vitalismo ligado a esa relación mágica con la naturaleza y el voluntarismo social) argumentando que este tipo de tendencia europea puede llegar a confinar a los escritores en el gueto de la latinoamericanidad. La autenticidad de un escritor latinoamaricano dependería entonces de la coincidencia con la imagen que un lector europeo tenga de la literatura de esas tierras. De esto se desprende un segundo inconveniente: un escritor latinoamericano que quiera ser aceptado como tal en el viejo continente escribirá según estos criterios de aceptación generando asi una auténtica literatura for export.
La paradoja de la nacionalidad literaria se resolvería de dos maneras complementarias. Por un lado, sabiendo que color local no es sinónimo de autenticidad y que las influencias extranjeras no disminuyen el nivel de lo nacional; por el otro -como lo propone Saer- entendiendo que la verdadera patria de un escritor es una patria en común: la espesa selva virgen de lo real.
Estoy de acuerdo, Borges y Onetti prácticamente no cumplían con ninguno de los requisitos para ser lo que generalmente se considera un escritor latinoaemricano.
Me encanto!! La literatura latinoamericana es tan grande y buena que no se la puede encasillar en un solo tipo!
interesante.
hace poco, una amiga de lituania me hizo un comentario, que fue muy similar a otro hecho por una polaca: la unica literatura que vale la pena, en estos ultimos años, viene de latinoamerica.
es algo extremista, pero tambien a tener en cuenta
saludos