Trópico de Cáncer, Henry Miller

Cuando me decidí a leer a Henry Miller (1891-1980), lo hice con cierto reparo ya que había leído que su trilogía La Crucifixión Rosada, contenía pasajes sexuales narrados de forma salvaje y caótica, sádica y nada reprimida.
Así que me lancé a leer Trópico de Cáncer (1931) intentando asimilar a lo que me enfrentaba. Y lo cierto es que, hoy por hoy, en el mundo en el que vivimos, tenemos el defecto (o la virtud) de que nada nos sorprende, nada nos parece lo suficientemente obsceno ni anárquico.

Esta novela se trata de una autobiografía contada de una manera maravillosamente honesta, donde se narran las pesadumbres y desventuras de un autor que reside (y malvive) en París, con la segunda guerra mundial a la vuelta de la esquina. Su profunda reflexión, libre de tabúes pero repleta de observaciones sobre el ser humano, la convierten en una obra especialmente interesante, en el sentido de que explora con una espontaneidad abrumadora las nuevas sensaciones a las que se expone su protagonista, que al fin y al cabo es un alter ego del propio Miller.

El aspecto más sobresaliente es que es capaz de relatar, con sobriedad en cuanto al lenguaje y pulcra objetividad, una vida desenfrenada donde todo son experiencias nunca antes vividas, decepciones posteriores y continuos riesgos. Se llega a decir, sobre París: “París es como una prostituta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos. Y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes vacío.”

Y es que el miedo a la vaciedad, a que realmente no hubiera nada tras esa cortina de sexo, anarquía y literatura, determina indudablemente los devenires del protagonista a lo largo de la novela. Lo que hace que sea una lectura bastante amena es que Miller no se piensa dos veces incluir las sensaciones e impresiones de su personaje a cada cosa que ocurre. “Se puso a llover. Me alegré”. Estamos, por tanto, ante una obra intimista pero firme en cuanto a las convicciones que pretende mostrar. La cantidad de citas geniales que uno puede extraer de este libro es sencillamente impresionante, que refleja evidencias en cuanto a los personajes y su idiosincrasia.


El hecho de que esté narrada en primera persona y tenga carácter autobiográfico la despoja de ambición desmedida o de pretenciosidad. No obstante, la permanente alternancia entre lo que se cuenta y los propios (e inevitables) monólogos interiores pueden cansar al lector (además de sus combinaciones entre presente y pasado) en cuanto note intermitentes faltas de empatía, ya que por lo general es difícil identificarse con un arrastrado borracho aspirante a escritor, que vive por y para acceder cada noche a los burdeles parisinos. Es entonces cuando el lector busca apoyarse en el sentido estrictamente literario, y en esto Miller satisface al completo, con un estilo actual y fresco, en el que da la impresión de que no deja nada por decir, incrementando esto la calidad del libro.

Una obra recomendable, que no se ve mermada por el paso del tiempo por su inigualable estilo y los temas que trata. Aún así, no es para todo el mundo, y la impresión que el lector que se lleve de este libro depende mucho de la actitud con la que se acoja su lectura. De todas maneras, representa una importante reflexión muy acorde con su tiempo y con la literatura de entonces.