Si algún nombre despierta curiosidad en la historia del arte universal, ese nombre es el de Miguel Ángel Buonarroti , uno de los máximos representantes del Renacimiento Italiano. A la vida de este genio entre los genios podemos aproximarnos mediante la biografía de Heinrich Koch, publicada por Salvat editores en el año de 1985.
Este libro está recomendado especialmente para aquellos lectores que, como yo, no buscamos un lenguaje cargado de excesos ni una saturación de información vacua en el texto. El biógrafo parece ser consciente de ello y por eso las páginas que dedica a recuperar la memoria del artista florentino solo le sirven para precisar los aspectos relevantes de su vida y de su obra. Eso sí, lo hace con
absoluta objetividad, basando su trabajo investigativo en documentos de la época y en el propio testimonio que Miguel Ángel dejó en sus cartas, y en las impresiones generales sobre su obra que también consignó por escrito.
El libro, sin ser muy extenso, cubre de principio a fin el periplo vital de Miguel Ángel, y para ello Heinrich Koch lo divide en doce capítulos cuyos títulos señalan las etapas que son presentadas en orden cronológico. El carácter de Miguel Ángel, su postura frente al republicanismo, las influencias en su obra, son temas abordados en esta biografía que no sólo está construida a base de texto, pues otro de sus componentes son las ilustraciones que van apareciendo a medida que leemos y que nos sirven para completar la información sobre el hombre, su obra, y el momento histórico en que ésta se desarrolló.
En Miguel Ángel, Heinrich Koch nos cuenta cómo el hijo de Ludovico Buonarroti Simoni y Francesca di Neri, demuestra su inclinación por el arte a una edad temprana, y cómo con tan solo trece años ingresa al taller de Domenico Ghirlandaio. Esta experiencia como aprendiz del pintor no dura más de dos años, pues luego ingresa a la escuela de escultura que Lorenzo de Médicis fundó en los jardines de San Marco. Este miembro de los Médicis fue su mecenas, y para esta familia es que Miguel Ángel realiza “Virgen de la escalera”, y “Combate de los lapitas y los centauros”, las primeras esculturas de su carrera. Tenía apenas dieciséis años y a partir de entonces el artista en ciernes fue consolidando un estilo que se hace presente en “La Pietá”, cuando ya residía en Roma y se le encarga el monumento que aún se conserva en San Pedro en El Vaticano. A esta obra le suceden “El David” que fue colocado en la plaza de la Signoria, la obra pictórica de La sagrada familia, El mausoleo de Julio II, trabajo sobre el cual dejó una nota escrita: “Hago constar que yo, Miguel Ángel, escultor florentino, me he comprometido a esculpir en mármol la tumba del papa Julio II, por encargo del cardenal Aginensis y el datarius, los cuales supervisarán la obra tras su muerte como ejecutores que son de sus últimas voluntades. El precio estipulado es de 16.500 ducados de oro….”, y continúa describiendo ampliamente el proyecto. La Capilla Sixtina fue un trabajo pictórico que realizó entre los años 1508 y 1512, y aunque el artista no se sentía cómodo con la pintura, esta obra ha sido considerada una pieza maestra del arte de todos los tiempos.
Esta sólo es una breve introducción al material recopilado pacientemente por Heinrich Koch, porque lo que nos espera con su lectura es conocer también al poeta y al hombre enamorado que escribe el siguiente soneto:
De tu florido pelo la esplendente
y áurea guirnalda brilla placentera,
orgullosa en notar que es la primera
que consigue besar tu casta frente
El corsé que de día complaciente
te ciñe, más feliz se considera
si lo abres luego, y cae tu cabellera
por tu rostro y tu cuello suavemente.
Pero acaso se encuentra más a gusto
la cinta que, evitando el oprimente
se ata con gracia a tu nevado busto.
Y el cinturón sencillo y elegante
que dice: ¡siempre así quiero ceñirte!
¿Qué hará entonces el brazo de un amante?
Según el autor de la biografía este poema y los otros de corte erótico que escribió, son la constancia de que Miguel Ángel sentía atracción por las mujeres, y sus inclinaciones sexuales no eran las que le atribuían sus detractores de entonces.
De su íntima relación con la viuda Vittoria Colonna, miembro de una de las estirpes de más prestancia en Italia, quedan cartas como una de las que Heinrich Koch transcribe: “Señora Marquesa: Era absolutamente innecesario dejar el encargo del crucifijo a micer Tommaso (Cavalieri), convirtiéndolo en mediador entre vuestra excelencia y yo, vuestro servidor, puesto que estoy en Roma. Sabéis que estoy a vuestra entera disposición y que deseo hacer por vos lo que no he hecho por ninguna otra persona de este mundo. Seguramente no os habéis dado cuenta de ello porque una gran tarea (El juicio final) me absorbe por completo. Ambos sabemos que el amor no necesita promotores ni intermediarios, que los amantes no duermen y que, por lo tanto, el mediador sobraba…”
De los diarios que también escribió el artista, el biógrafo extrae algunos de los pensamientos que éste escribe sobre su oficio, y que dan cuenta también de su preferencia por la escultura: “La pintura me parece más perfecta cuanto más se aproxima al relieve, y éste peor cuanto más se acerca a la pintura. Por eso consideré siempre a la escultura muy superior a la pintura, y a ambas tan distintas entre sí como el sol y la luna”.
La biografía Miguel Ángel, de Heinrich Koch es una placentera peregrinación por la larga existencia de este hombre que vivió hasta los ochenta y ocho años de edad sintiéndose creativo, pues aún en la ancianidad su obra arquitectónica de la cúpula de San Pedro, que fue a la que dedicó sus esfuerzos de los últimos días, mereció un elogio de Burckhardt que es un referente obligado a la hora de evaluarla: “La cúpula de Miguel Ángel, de dimensiones considerablemente superiores a las de antiguos proyectos, ofrece desde el exterior quizá la vista más bella y grandiosa que haya logrado jamás la arquitectura en toda su historia”.
Para quienes los que estén interesados en este gran artista, también es interesante la biografía de Marcel Brion: Miguel Ángel o la creación, la primera edición es de 1934, pero hay otra de 2004 en ed. Vergara
Para quienes estén interesados… (antes he escrito demasiados pronombres juntos)