¿De qué trata ese libro?

Existe un cliché muy repandido que aparece en el momento de hablar de un libro. Frases como “este libro trata de” o “este libro significa que” reducen considerablemente el trabajo literario y se basan en una concepción literaria que reza que el valor de un texto está en sí mismo cuando en realidad es una construcción a posteriori dada en el momento de la recepción estética.

Me acuerdo de un chiste que escuché (y es verdad, conté) hace muchísimo tiempo: Un hombre, digamos Pedro, va caminando por la calle con un libro bajo el brazo cuando se cruza con otro hombre, digamos josé; este último le pregunta a Pedro qué lleva bajo el brazo a lo que Pedro responde “Un libro”. José le dice: “bueno ya veo que es un libro, pero me intersaría saber qué libro es”. Pedro le contesta rápidamente “es el libro de la lógica”. José, con cara de no entender nada, le vuelve a preguntar “¿Y qué es la lógica?”. Pedro comienza a decir: “Bueno te voy a explicar lo que es la lógica.” Y comienza entonces un diálogo entre ambos.
Pedro-Tu tienes una pecera en tu casa?
José- Si.
Pedro- Pues entonces te gustan los peces…
José- Si
Pedro- Pues entonces te gusta el agua…
José- Si
Pedro- Pues entonces te gusta el mar…
José- Si
Pedro- Pues entonces te gusta la playa…
José-Si
Pedro- Pues entonces te gusta la arena…
José-Si
Pedro- Pues entonces te gustan las chicas bonitas que pasan en bikini…
José- Si!
Pedro- Bueno, eso es la lógica.
Ipso factoJosé le pidió el libro prestado a Pedro y se lo llevó a su casa. Después de una semana José se encuentra con otro amigo, digamos Martín, quién le pregunta de que se trata el libro que lleva baja su brazo. José intenta explicárselo:
José- Tu tienes una pecera en tu casa?
Martín- No.
José- Pues entonces eres mariquita.



La gracia del chiste reside en la mala -y rápida- interpretación generada luego de la lectura del libro. Pero hay un punto en esta historia que es necesario profundizar: me refiero al momento en el que un amigo le pregunta al otro de qué trataba el libro. ¿Es realmente posible contar de qué se trata un libro? Hago esta pregunta porque es un lugar común entre la gente, y hasta en los alumnos universitarios, comenzar a hablar de una obra literaria en estos términos: “el libro trata de…”, como si las 200 páginas escritas pudiesen ser resumidas en una simple frase, como si el sentido del libro pudiese ser sencillamente encontrado con 10 o 15 palabras.
Siempre creí que todo libro que pudiese ser resumido en dos oraciones no valía la pena de ser leído. Equivaldría a resumir un poema. ¿Alguien se puso a pensar alguna vez en lo ridículo que sería intentar resumir un poema? El texto perdería todo su interés, toda su profundidad estética.
Generalmente los libros mas interesantes son aquellos que no pueden ser contados, sino que es necesario leer para disfrutarlos. Esto es una cosa que deberían comprender las personas en el momento de estudiar un determinado texto literario. No basta con conocer un resumen, ni saber de qué se trata.

Pero hay otro cliché que aparece en el momento de “hablar de literatura”. Este otro cliché se manifiesta cuando escuchamos (o peor aún, leemos) a alguien decir:”ese pasaje del texto significa que…” o “el sentido del libro es”. Estas afirmaciones implican la existencia de un sentido anterior a la lectura del texto. Me explico: decir “el sentido del libro es” supone creer que:
1) Hay un sentido;
2) Ese sentido es una creación del autor que no es modificable en nada por la posterior lectura;

Estas dos conclusiones nos conllevarían a pensar que el sentido de una obra es cerrado y que está fijado de una vez por todas por su autor. Lo que reduce la función del lector a la de receptor pasivo del mensaje del autor. Lo que implica también que el “valor” de un libro estaría inscripto en el interior del libro y se conservaría intacto al paso del tiempo y de las lecturas.
Para contrarrestras estar suposiciones basta con citar a dos importantes teóricos de la literatura. Escribió Gerad Genette: “El tiempo de un libro no es el tiempo limitado de su escritura sino el tiempo ilimitado de su lectura“. O en palabras de Roland Barthes, “una obra no es un universal porque le presenta un mismo sentido a un millón de hombres diferentes; una obra es universal, en cambio, cuando presenta mil sentidos diferentes a un sólo hombre“. En efecto, decir que el sentido único está determinado por el escritor es reducir radicalmente la dimensión de la recepción literaria.

bol.jpgVoy a contar una anécdota que explica claramente el problema planteado. Hace un año aproximadamente se armó una especie de escándolo en el ámbito de los concursos literarios en Argentina. En diciembre del 2006, Sergio Di Nucci (bajo el pseudónimo de Bruno Morales) ganó el primer premio de novela La Nación y Sudamericana con su obra “Bolivia construcciones”. Pero dos meses más tarde el jurado decidió revocar el premio porque la novela de Di Nucci presentaba evidentes similitudes con la novela Nada de la española Carmen Laforet. De más está decir que esta decisión del jurado generó muchísimas controversias en el mundillo literario argentino. Más allá de los problemas jurídicos ligados con los derechos de autor y de las teorías literarias sobre la intertextualidad deconstructiva, lo que nos interesa aquí es el acto en sí mismo del jurado que nos muestra claramente la importancia de la lectura en el momento de la construcción polisémica de un texto.

El libro había sido premiado por su valor intrínseco pero al compararlo con otra obra, es decir con otra lectura, su valor en sí mismo disminuyó notablemente hasta el punto de perder el premio que había ganado. Podemos comprender así que el “valor” , el “sentido”, de un texto no es nunca una construcción del autor sino que depende también de su receptor, de su lector. Ya Hans Jauss había argumentado en el momento de de desarrollar su teoría literaría (teoría que retomaremos en algún otro momento) que toda la historia de la literatura dependía de la experiencia de los lectores. El valor de un texto no estaría nunca en sí mismo sino que sería siempre instrumental. Esto quiere decir que el valor literario está dado desde afuera y que este valor no puede ser nunca un valor absoluto: una misma obra puede funcionar de maneras muy diferentes en distintas épocas; una simple correspondencia puede ser un acto cotidiano para el siglo XVII y puede ser considerada un acto literario en el siglo XXI; una conversación por msn puede ser hoy en día un simple acto comunicativo, pero dentro de un tiempo nada nos impide considerarla como un hecho literario.