Robinson Crusoe, Daniel Defoe

Con la lectura de Robinson Crusoe, escrito por Daniel Defoe y publicado en 1719, cumplí uno de mis tempranos deseos literarios. Me propuse que si era capaz de leer este libro con interés y, por qué no, con placer, entonces realmente me gustaba la literatura. Tras leer obras maestras como El Fin de la Eternidad, de Isaac Asimov y Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne, un buen día me decidí por leer, en una edición antediluviana, las andanzas de este náufrago que es, hoy por hoy, un auténtico mito y referente en la literatura universal.

Es considerada la primera novela inglesa, en tanto que podemos ver en Robinsón Crusoe la clásica novela de aventuras por antonomasia, además de una importante autobiografía ficticia. Basándose en dos náufragos reales llamados Alexander Serkirk y Pedro Serrano, Defoe construyó, con una trama sencilla y auténtica, un símbolo del colonialismo, del hombre perfecto y de la moral suprema. En realidad el título completo del libro es Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinsón Crusoe de York.
Robinson Crusoe es un marinero de York que, en una expedición por África en barco, es capturado por unos piratas y se convierte en un esclavo. Consigue escapar y es ayudado por un capitán de marina portugués que se dirige a Brasil. El barco naufraga y es el único superviviente, logrando llegar a una isla en la que, a priori, parece ser el único habitante. Como medio para sobrevivir, toma todas aquellas armas y provisiones del barco que necesita, a la espera de ser rescatado. Cuando por fin empieza a adaptarse a la soledad (gracias, entre otras cosas, a su conversión al cristianismo) e instalarse en la isla, descubre que no está solo en ella, ya que una tribu indígena caníbal reside allí. Crusoe inmediatamente considera a los indígenas como enemigos, y ayuda a escapar uno de sus prisioneros que estaba a punto de ser ejecutado. Como se han conocido un viernes, Crusoe le llama “Viernes” y forjan una sincera amistad, a pesar de que no coinciden ni en el idioma ni en la cultura. Juntos deciden ayudar a los demás prisioneros capturados por los indígenas, uno de los cuales es un español que también es un náufrago que aguarda la llegada de un barco.

Con este argumento, mil veces revisionado, constituye la forma más palpable de materializar la frase “La inteligencia es la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas”. En este sentido, resulta admirable el personaje creado por Defoe, en la medida que representa el perfecto colonialista británico, según los estudios posteriores del novelista James Joyce. Crusoe cree en la justicia suprema, posee unas creencias religiosas estables y coherentes, no siente tentaciones sexuales y que actúa según una eficiencia máxima. El hecho de que Crusoe enseñe a Viernes todo lo que sabe tiene indicios del imperalismo, del colonialismo cultural, dado que también le convierte al cristianismo y le expone las riquezas del mundo occidental. En ningún momento Crusoe se da por vencido, y mantiene una perspectiva optimista respecto a su futuro, mostrando en numerosas ocasiones su aprecio y afecto por Viernes, refiriéndose a él como su amigo.

A pesar de estar escrita en primera persona, el hecho de contar acontecimientos lejanos en el tiempo, hace que el estilo sea sencillo y poco dado a la subjetividad, dando más importancia a los sucesos que a los sentimientos del propio protagonista. Da la sensación de que Crusoe apenas pensaba: actuaba. Esto decrementa la verosimilitud del texto, presentando a un personaje beatificado y engrandecido por el relato. No obstante, llama la atención cuando Crusoe se autoproclama rey de la isla, entrando en unos matices políticos antes mencionados. Y también es curioso que, a pesar de que el marino toma dinero del barco, éste es completamente inútil en la isla, mientras que las herramientas y provisiones son tremendamente valiosas y fundamentales para su supervivencia en el lugar.

La influencia en obras y reflexiones posteriores ha sido inconmensurable, como en el caso del antes nombrado James Joyce, Karl Marx o el premio Nobel J. M. Coetzee, que realizó una revisitación de la trama.

Sobretodo por el argumento y por la forma en que éste está contado, de forma esquemática y con frecuentes (y agradecidas) elipsis, la lectura de Robinson Crusoe es de las más amenas que pueden encontrarse hoy en día, elevando su estátus a novela inmortal, ya que, a pesar de que han transcurrido casi 400 años, aún levanta pasiones y despierta un elevado interés en el lector, que sin duda la tendrá en cuenta como una de las mejores novelas de aventuras jamás escritas. Incluso se echa de menos una mayor extensión del texto, que hubiera profundizado más en el perfil psicológico del personaje y en su evolución humana en su estancia en la isla.

Obra maestra indiscutible de la literatura universal, ideal para jóvenes por su logradísimo aspecto visual y por su capacidad de transportarles directamente a la isla. Al fin y al cabo, esa es una función vital de la literatura: transportar al lector al universo creado por el autor. A modo particular, he de decir que Robinson Crusoe está en mi top 10 personal, y no me extrañaría que lo estuviera también en el de que cualquiera que la leyese con atención.

Puedes leer Robinson Crusoe aquí.