Fahrenheit 451, Ray Bradbury

Mucho tardaba ya en escribir sobre Fahrenheit 451. En anteriores ocasiones he comentado que junto con Un Mundo Feliz y 1984 formaban una trilogía perfecta de distopías en el aspecto social, moral, económico,… y prácticamente todos los aspectos de la vida humana.

Ray Bradbury (Illinois, 1920), con libros tan estimables como Crónicas Marcianas, Las Doradas Manzanas del Sol, El Vino del Estío o Remedio para Melancólicos, tiene en Fahrenheit 451 su novela más conocida, sobretodo por la gran versión cinematográfica que François Truffaut le dedicó en 1966.

El título hace alusión a la temperatura a la que arde el papel. Guy Montag es un bombero en una sociedad totalitaria, alienada y carente de esperanza. Pero el concepto de bombero es diferente en este mundo; los bomberos se dedican a detectar la existencia de libros en hogares para quemarlos, con el fin de que los libros no corrompan a los ciudadanos con filosofías y formas de pensar distintas a la actual. Montag tiene una vida aburrida, con una esposa que está más pendiente de la televisión (de estilo granhermaniano) que de su familia verdadera, y esa inquietud interior que le corroe se desvanece cuando conoce a la adolescente Clarisse McClellan, que pertenece a una familia mal vista, unos “antisociales”.
La evolución que sufre Montag tras el encuentro con Clarisse le lleva a leer libros de poemas, libros de filosofía e incluso la Biblia. Consciente de que lo que está haciendo es ilegal y puede ser descubierto por su mujer y por su astuto jefe Beatty, él mismo se va convirtiendo en un “antisocial”, con el apoyo de Clarisse. A partir de ahí se sucede una prodigiosa persecución de la Ley (el Sabueso) a Montag, desembocando en un final insuperable que homenajea a los libros y posee una belleza pocas veces vista en la literatura de ciencia ficción.

De Fahrenheit 451 se ha dicho de todo: que es mejor que 1984, que está sobrevalorada, que está mal desarrollada y peor escrita… lo cierto que la relevancia, hoy por hoy, de esta novela, es innegable. No sólo porque es tremendamente actual (como toda la obra de Bradbury) y da la sensación de no ser del todo ficticia, sino porque, guste o no guste, es de esos libros que se disfrutan leyéndolo no una, sino varias veces, con un ritmo ágil, una narración sencilla pero envolvente y poética y una temática que atrapa al lector por representar un miedo vital del ser humano: la falta de libertad de pensamiento, mediante un lenguaje profundo y en ocasiones hasta místico. Sin querer desvelar el final, que es con mucho lo mejor de la novela, he de afirmar que relata deliciosamente la necesidad que tiene el ser humano de mantenerse cercano a la literatura, de buscar su identidad y no ser simplemente un número, como proponen estas ucronías que tanta mella han hecho en la literatura de ciencia-ficción.

De esta novela se puede escribir mucho. Pero páginas y páginas resultarían vanas si el que lea esta reseña no recuerda el mensaje principal que deseo transmitir: hay que leer esta novela. Es tan rica en contenido y tan fácil de leer que cualquier excusa para dejar de leerla resultaría ridícula.

Aquí puedes leerlo gratis.